
Uno va a Medjugorje por la Virgen y, por supuesto, por el Señor. Pero en esta tierra bendita hay unas reliquias vivas de aquel gran acontecimiento ocurrido hace 25 años. Son los videntes, y entre ellos el más cualificado, como es el Padre Jozo, franciscano, que era párroco de aquella humilde parroquia rural cuando la Virgen visitó este pueblo de Bosnia. El no creía a los chicos y chicas que venían a comunicarle la gran noticia de la aparición. Tenía miedo de que las autoridades de la época, de la Yugoslavia comunista, emprendieran una persecución contra aquella sencilla y pacífica feligresía. Los chicos insistían en la veracidad de los hechos. Y él pidió una señal a la Virgen ante un mar de dudas. Y la Virgen se le hizo visible en el mismo templo parroquial. Aquello fue para él un acontecimiento decisivo para su vida de sacerdote y pastor de aquel pueblo. Desde aquel momento comenzaron sus gozos y sus sufrimientos. Las persecuciones más severas fueron para él. Estuvo muchos meses en la cárcel. Pero al final lo liberaron porque su amor a Dios y a la Virgen conmovía a los mismos carceleros.
Hoy no se puede uno venir de Medjugorje sin haber tenido la oportunidad de estar un rato con el Padre Jozo. He tenido la suerte de poder verlo y oírlo las cuatro veces que he estado allí. Este último año sentí una gran alegría y gozo interior cuando me impuso las manos sobre la cabeza invocando al Espíritu Santo. Es realmente un santo que te lleva de la mano al encuentro de Dios y de la Reina de la Paz. Esta foto la tomé en el momento en que él rezaba por todo nuestro grupo, con la intérprete a su lado.
En diciembre viene a Barcelona. Muchos tendrán la oportunidad de escucharle, orar con él, y recibir esa gracia de Dios que mana de su corazón enamorado de María. Me alegraría poder verle de nuevo, y sobre todo que los que no le conocen sientan a su lado la presencia de un santo en vida. ¡Bien venido a España, Padre Jozo!
Juan García Inza
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